Un rato después de defender a muerte a Borges frente a Cortázar metamorfosea y chorrea barrio. Entra en los chinos y le tira al carnicero 'qué haces loco?'. El tabaco contrasta con la pipa de vidrio que compró porque 'es más infantil' y así es todo. El ruloso que no tiene dos medias iguales se le impone como autoridad a la misma perra que destruyó el sillón porque no le puso límites. Y qué límites pueden dibujarse si cuando el filósofo (que inventa el destino de las personas que bajan del colectivo) te mira y te atraviesa en dos segundos la conjunción de lo que se sabe, se quiere y necesita.
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Fotografía X
El terciopelo rojo se pliega en la butaca. Los movimientos son jerarcas inseguros: muslos que sofocan, uñas que se clavan, tendón que se tensa. Es Tristán e Isolda y en los palcos privilegiados -sostenidos por los gallineros de los pobres- el perfume es pesado y las risas un insulto. Capitel que oscurece, escenario que se enciende; instante de fuga para Amalia Echeverría y un sombrero se interpone cortando la figura. Respiración histérica. Acto II, catarro debajo de un bigote interrumpe. Amalia Echeverría siente sus cuidados elitistas resbalársele, siente las estructuras desmoronadas. Arrebato convulso: costura que se desgarra. Amalia Echeverría salta de la butaca rasguñándose la piel desnuda. Peinado se desarma, espectadores que se quejan, amigos preocupados. Y Amalia Echeverría: ¡Hijos de puta!, la libera. Opresión en el pecho, collar que se desarma, perlas caen en el gallinero.
Un puente que trastea un Occidente maltratado
Salvador Montealbán se retuerce en su cama. Transpira ahogado en bilis porque se está muriendo. Carajo, no le queda mucho tiempo. ¿Quizás paños húmedos, doctor? Cállense lo están aturdiendo. Padre nuestro que estás en el cielo sant. Ificado sea tu nombre, venga a nosotr. ¿Debería unirme al coro? Os tu reino. Hágase tu voluntad en la Tierra como en el cie. Patético, egoísta … . Hijo de puta, nunca reza. Es importante que reces, Joaquín. Se muere lo mismo. No discutan, la fiebre empeoró. Dos horas máximo, aumentando la dosis sufriría menos. Ay mi hijito, resistí vos que sos tan valiente. La virgencita me lo cura seguro. Arminda Montealbán se persigna –esta vez cree que sí, que se levanta de la cama sano y contento- . Fuerza mi señora, vamos, le preparo un tesito. Ojalá esissstiera algún yuyo curador. Soledad, dejá de llorar un poco querés. Pendeja, me pone histérico; de todas formas volvió más crecidita de Arequito…Quizás la semana que viene. Señores, calma por favor. ¡Está sangrando! Ay mi nene, ¡resistí! Dios mío. Se está ahogando, salí de ahí, no lo toques. ¡Callate de una vez Joaquín! Ay mi hermanito; los ojos se le ponen como de perro. Terminala primo, es difícil para todos. Porteño interesado, nada más que por la herencia; se vino desde allá por la guita; payaso. Salvador Montealbán convulsiona. Permítame señora, no lo agarre, es peor. Está en las últimas, pobre gente; estarán devastados como para pagarme hoy. Che Talita, traete unas toallas, dale. Mierda tanta sangre. Sí señor Joaquín, ya está el té señora. ¡Mierda de té, mi chiquito se muere! … . Lo dejo al costadito de la mesa, señora Arminda. Se va a enfriar y la agüita anda faltando. ¡Mamita, Salva se nos muere! Se puso blanco, ¡se puso blanco! ¡Dios Santo, hijo, hijo contestame, corazón, hablale a mamita! Señora…Dos minutos más. Calculo que a las once ya estoy libre para el consultorio. Cerrá la ventana Talita, pasame las toallas, dale.Qué fresco se puso.
Salvador Montealbán dice sus últimas palabras como descosiéndose: 'un puente que trastea un Occidente maltratado…' . Lanza un último vómito, esta vez, con menos fuerza y más esfuerzo –y es que el asco es inminente.
Mi hijo. Salva…hermanito. ¿Cuánto debería esperar para encarar el tema de la paga? Se fue con la misma cara que el viejo; la vieja y Soledad no lo van a poder soportar. Mejor me llevo el té y meto en la cocina. Qué lástima, che; era un buen pibe.
Se quedan callados para afuera. Salvador Montealbán está muerto, no saben lo que quiso decir. Las mujeres lloran al lado del cuerpo; los hombres empiezan el juego de pulgares cabizbajo. Nadie entiende una mierda.
Salvador Montealbán dice sus últimas palabras como descosiéndose: 'un puente que trastea un Occidente maltratado…' . Lanza un último vómito, esta vez, con menos fuerza y más esfuerzo –y es que el asco es inminente.
Mi hijo. Salva…hermanito. ¿Cuánto debería esperar para encarar el tema de la paga? Se fue con la misma cara que el viejo; la vieja y Soledad no lo van a poder soportar. Mejor me llevo el té y meto en la cocina. Qué lástima, che; era un buen pibe.
Se quedan callados para afuera. Salvador Montealbán está muerto, no saben lo que quiso decir. Las mujeres lloran al lado del cuerpo; los hombres empiezan el juego de pulgares cabizbajo. Nadie entiende una mierda.
Reflexión de Manuel Ocampo en tres minutos
Sábanas limpias de por medio, Celina Ocampo le saca a golpes el sueño pesado a los almohadones, entonces Manuel Ocampo aparece como un aviso en el espejo de la habitación; el reflejo de su esposa le sonríe: las perlas le coronan el pecho desafiando el límite de sus clavículas. Todavía es joven, es decir, no plenamente joven; los impulsos adolescentes se pudrieron por encierro y falta de uso. La imagen que Celina Ocampo proyecta en el espejo corresponde al interior pulcro y acomodado por el que se deshace todos los días.
Si Celina se angustia un poco por las guerras o la crueldad de los hombres que le ofrece el noticiero, tuerce los labios y consecutivamente inclina la cabeza con ojos cerrados y emite el sonido que se hace cuando no se sabe qué decir. Su manifestación es absurda en su mundo de teléfonos blancos y radioteatro a las siete, donde todos sus personajes creen adivinar los pasos maestros ya calculados.
No hay margen para el error, y es que el error es algo tan lejano que ni margen existe. La falla se vuelve utópica para Manuel Ocampo; de sus entrañas surge osada la propuesta y en un grito que se pronuncia susurro en el oído de su esposa: Querida, ¡hoy no almorzaremos a las doce y cuarto, tampoco lavarás los platos a la una! ¿Sabes por qué? ¡Cambiaremos de lugar las sillas del comedor y eso tomará un buen rato!
Si Celina se angustia un poco por las guerras o la crueldad de los hombres que le ofrece el noticiero, tuerce los labios y consecutivamente inclina la cabeza con ojos cerrados y emite el sonido que se hace cuando no se sabe qué decir. Su manifestación es absurda en su mundo de teléfonos blancos y radioteatro a las siete, donde todos sus personajes creen adivinar los pasos maestros ya calculados.
No hay margen para el error, y es que el error es algo tan lejano que ni margen existe. La falla se vuelve utópica para Manuel Ocampo; de sus entrañas surge osada la propuesta y en un grito que se pronuncia susurro en el oído de su esposa: Querida, ¡hoy no almorzaremos a las doce y cuarto, tampoco lavarás los platos a la una! ¿Sabes por qué? ¡Cambiaremos de lugar las sillas del comedor y eso tomará un buen rato!
Fotografía
Articulaba las palabras desesperado. ¿Para qué empezar si no se puede terminar? Mordía la punta de la birome, canalizaba la ansiedad que le causaba tratar de ponerle cauce al río que desborda. Ya estoy jodido.
No encontraba el adjetivo, la metáfora maestra. Necesito terminar, ni empecé. No llegaban. En un asiento vecino, enfrentado, un tipo lo empezaba a mirar. Carajo, me voy a volver loco. Abandonaba una tarea que creía obligación cuando el tipo le dijo en voz baja: 'No sirve. Escribir no sirve. El día que aprendas vas a entender que da lo mismo'. Esta vez sí, obligándolo. Ahora él también quiere gastarse las yemas de los dedos para entender que da lo mismo.
No encontraba el adjetivo, la metáfora maestra. Necesito terminar, ni empecé. No llegaban. En un asiento vecino, enfrentado, un tipo lo empezaba a mirar. Carajo, me voy a volver loco. Abandonaba una tarea que creía obligación cuando el tipo le dijo en voz baja: 'No sirve. Escribir no sirve. El día que aprendas vas a entender que da lo mismo'. Esta vez sí, obligándolo. Ahora él también quiere gastarse las yemas de los dedos para entender que da lo mismo.
Monólogo III
Creía en todo ese día y fue tan insoportable darme cuenta de lo hereje que había sido todo ese tiempo, no lo aguanté.
-No sabía que era creyente...
-Hablo de traicionar al pasto, las piernas de una mujer, mi oreja izquierda o la fruta madura.
-Comprendo y no lo comparto.
-Usted nunca compartió nada, por eso terminó como terminó.
-¡Jamás terminé! Vaya a cantarle a esas mujeres del espectáculo, hágame el favor...
-Yo le canto a todo después de ese día, ojalá hubiese sido como Whitman.
-Ah, un estúpido.
-Un valiente.
-¡Dególlese con una hoja de afeitar y conozca el valor! Somníferos...por favor.
-Es un método demasiado rápido, creo que usted fue y es un cobarde que se viste de valiente, Salgari.
-Y usted está muriendo lenta y anónimamente, Pavese.
-No sabía que era creyente...
-Hablo de traicionar al pasto, las piernas de una mujer, mi oreja izquierda o la fruta madura.
-Comprendo y no lo comparto.
-Usted nunca compartió nada, por eso terminó como terminó.
-¡Jamás terminé! Vaya a cantarle a esas mujeres del espectáculo, hágame el favor...
-Yo le canto a todo después de ese día, ojalá hubiese sido como Whitman.
-Ah, un estúpido.
-Un valiente.
-¡Dególlese con una hoja de afeitar y conozca el valor! Somníferos...por favor.
-Es un método demasiado rápido, creo que usted fue y es un cobarde que se viste de valiente, Salgari.
-Y usted está muriendo lenta y anónimamente, Pavese.
Fotografía VII
Salvador Montealbán busca la perpetuidad en su obra. Contrasta los intentos, los examina con la soberbia que se permite tener cuando está solo, observa la pintura. Intentos fallidos, se descascara la exploración.
Y es que Salvador Montealbán se detuvo siempre en el lugar equivocado. Quizás porque encontrarlo, enfrentarlo, mirarlo a la cara significaría el final de su búsqueda: el mundo inerte, la figura definida de una vez por todas. No sabe que es probabilidad lo que respira, lo que nutre.
Salvador Montealbán decreta pincelazos con pasión automática sobre el lienzo. Siente en la yema de los dedos la pintura como un hilo de sangre. Su obra sangra: brota orgánico un torrente vivo que inunda la habitación. La obra rebalsa, la incógnita se ahoga. Salvador Montealbán se revela como su propio enemigo. Su cuerpo, escondite, nada hacia la puerta, agitado.
Y es que Salvador Montealbán se detuvo siempre en el lugar equivocado. Quizás porque encontrarlo, enfrentarlo, mirarlo a la cara significaría el final de su búsqueda: el mundo inerte, la figura definida de una vez por todas. No sabe que es probabilidad lo que respira, lo que nutre.
Salvador Montealbán decreta pincelazos con pasión automática sobre el lienzo. Siente en la yema de los dedos la pintura como un hilo de sangre. Su obra sangra: brota orgánico un torrente vivo que inunda la habitación. La obra rebalsa, la incógnita se ahoga. Salvador Montealbán se revela como su propio enemigo. Su cuerpo, escondite, nada hacia la puerta, agitado.
Fotografía VIII
La dueña del sol despierto es Catarina Da Seis. Se lo ganó casada con la miseria. El arroz de una semana, los condimentos de tres meses: feijoada todos los días. Catarina Da Seis recorre cada rua coleccionando esclavos del amor anónimo y el Pelourinho se le desdibuja entre la luna negrera, gastada de verla tantas noches. Ella, indigna de Amado y su cravo e canela, burguesa en su pobreza -poética para os boêmios desvelados. Catarina Da Seis recuerda : "Era sua livre hora de passeio, como gostava! De atravessar sob o sol, a marmita na mão. De andar entre as mesas, de ouvir as palavras..." y hace resonancia en su cuerpo ultrajado: "...de sentir os olhos carregados de intenções..." . Las miradas deseosas que la corrompieron de a poco le empapan la cara. Se desespera, se da asco. Amanece y Catarina Da Seis se deja ser pura hasta que venga la noche.
Fotografía IX
Anda ganoso de franela y pelea. Pero sin minas en el bulo, ni falopa, ni facón la noche se le pinta compadrita y fanfarrona. -¡Qué hablás barullero! Calla al pibe de la pieza de al lado y escucha la bandola tristona por la radio y la garúa que golpea en la chapa oxidada y los zapatos lustrados para el baile que nunca va a ser acercándose a la baranda. Bocanada de angustia, farolito que se apaga. El doque se le planta espejo y entoces se asoma de a poquito al abismo de caserones a la hora de la siesta, putas cansadas, berretines saltando la rayuela. Espera que alguien lo salve. Nada. Entonces muerde un pucho y el fósforo lo encandila sin quemar el tabaco. -'Ta Madre! Están húmedos...
Fotografía VI
Cuando la ciudad se le vuelve humo de colilla va soplando bajito y ese humo metarfosea en viento zonda, en humo de caldero conjurando, de cultura árida que camina brotando la llanura. Se le engauchesca la cara entrando a la oficina. Se le resigna la pena cuando se vive rioplatense.
Encuentro
Resigno parte de lo que
con mi palabra
ensucio
Casi creyendo que
mi mensaje se acopla
a mi poesía cadavérica
La tergiversación necesaria,
el acuerdo tácito del lenguaje que
se consume
apenas me pronuncio en
un sin-sentido,
eco de la forma virgen
(el origen orgánico:)
Mi lengua envuelve
una sola palabra,
la que me anula y
nunca
se termina de vaciar
Enumerar mil metáforas
de los ritos diarios,
cauterizar
la incógnita que
rebalsa desde otro lugar
En la traducción de
los sentidos
me empapo con
tu contexto receptor y
renuncio a
la definición del equilibrio cobarde,
a los eslabones de la retórica
atándome desde otro lado.
Abandono la contundencia y
me descoso
en un mismo acto.
(Desplegadas
las cosas
ocupan más espacio)
Me despego de
lo concreto para
atravesar
la página en blanco.
Por el mensaje perdido pero,
la lengua viva
(el idioma inventándose y
la palabra que se
aproxima),
vale la pena resignar
hasta
la desertificación de
las ideas.
con mi palabra
ensucio
Casi creyendo que
mi mensaje se acopla
a mi poesía cadavérica
La tergiversación necesaria,
el acuerdo tácito del lenguaje que
se consume
apenas me pronuncio en
un sin-sentido,
eco de la forma virgen
(el origen orgánico:)
Mi lengua envuelve
una sola palabra,
la que me anula y
nunca
se termina de vaciar
Enumerar mil metáforas
de los ritos diarios,
cauterizar
la incógnita que
rebalsa desde otro lugar
En la traducción de
los sentidos
me empapo con
tu contexto receptor y
renuncio a
la definición del equilibrio cobarde,
a los eslabones de la retórica
atándome desde otro lado.
Abandono la contundencia y
me descoso
en un mismo acto.
(Desplegadas
las cosas
ocupan más espacio)
Me despego de
lo concreto para
atravesar
la página en blanco.
Por el mensaje perdido pero,
la lengua viva
(el idioma inventándose y
la palabra que se
aproxima),
vale la pena resignar
hasta
la desertificación de
las ideas.
Veinte minutos antes de la misa vespertina, Fausto Compostela acaricia con vista panorámica la catedral. Da media vuelta hacia el altar con la católica modestia de quien sabe que se abandona por algo mejor. Sus ojos terrenales se clavan en la imagen de la sagrada familia. José. Después el niño, siempre vivo, siempre muerto. María, virgen eterna. Cada nervio se embebe en fe hasta tensarse en un anuncio de la carne: Fausto Compostela, dueño de su placer, se pierde en la fricción divina. Y María, María siempre virgen. María pura, viva y carnal manipulando con gusto tácito el deseo de Fausto Compostela. Él lo sabe y ya alcanza el límite sucio y celeste del orgasmo. Le roba a María lo sagrado haciéndola mujer. Ocho minutos antes de la misa vespertina Fausto Compostela acomoda sus hábitos y se persigna con la católica perseverancia de quien cree que algún día estará exento de pecado.
Fotografía II (hombre nuevo sin paraguas)
Apenas llovía cuando se dio cuenta que su pasión por escribir residía solamente en la comodidad de sillón al sentir que, al menos una vez, seguía un patrón que ya habían seguido tantos otros. Entonces la ciudad se desnudó y se mostró como ciudad, el viaje en colectivo fue sólamente eso y él estaba empapado por agua que caía del cielo y nada más. Entre todas esas cosas no había más espacio para nuevas interpretaciones o giros metafóricos. El cambio de valores, de literario a literal, le parecía justo ahora que era un hombre que creía escribir y que cruzaba la calle sin paraguas, abajo de una lluvia más fuerte.
Fotografía I
Martinez se despierta y se ducha. Lee el diario, se indigna ochenta segundos y se hace el nudo de la corbata. Martinez baja las escaleras, aunque prefiere el ascensor. Abre la puerta, mira alrededor dos veces: en la esquina ve como se va el colectivo y lo pierde. Martinez da doce pasos para atrás, toma el ascensor, toca un timbre y se dispone a matar a su mujer.
De día de lluvia
-El cuerpo siempre duele cuando hay humedad, no sé por qué...
Y yo sé que, cuando resbalan un poco, los engranajes de cualquier reflexión que abandonaste (por enmarañada, porque dolía) se empiezan a mover. Y cómo duele cuando empieza a flotar todo en un mismo río, en un mismo cuerpo: la máquina que resbala, los vínculos descompuestos, las preguntas podridas, las conclusiones cadavéricas.
Y yo sé que, cuando resbalan un poco, los engranajes de cualquier reflexión que abandonaste (por enmarañada, porque dolía) se empiezan a mover. Y cómo duele cuando empieza a flotar todo en un mismo río, en un mismo cuerpo: la máquina que resbala, los vínculos descompuestos, las preguntas podridas, las conclusiones cadavéricas.
Sé muy bien cómo es ese lado desde donde vos me miras esperando que cruce. Y es por eso que me quedo así. Porque no es avanzar y seguir queriendo dos de azúcar, la ducha fría y la lectura nocturna. No. Es construir una nueva secuencia cotidiana con materias de la nada, con pilares invisibles. Desde acá escupo las mil metáforas usando las mismas veinticinco palabras porque después de todo, mi lengua envuelve la misma idea que no se termina de vaciar. Estando acá las cosas se enfrían mientras miro tu proyección que vuelve en espejo y te mando en maldición porque me resisto, porque todo está muy roto o se enfrió. Tu reflejo lo proyecta apenas vivo, potenciado. Y entonces doy tres pasos.
-Ya empezó a llover.
Decía eso y sabíamos lo que teníamos que hacer. Cargar las armas. Entrar en el lugar. Disparar sin pensar (olvidarnos de todas las veces que habíamos disparado, actuábamos dejando la inocencia, como si nos corrompiéramos entre todos por primera vez). Correr. Esconderse. Volver a esperar la señal.
Éramos cinco en la banda, todos de lugares diferentes pero nunca supimos de dónde veníamos. A mí me tocaba pensar, idear estrategias. Los golpes eran semanales, no importaba cuánto sacábamos en cada oportunidad, nos excitaba la constancia, la bicicleta de saber que vivíamos para arruinar el momento de los demás.
La última vez me la acuerdo bien. Después de fumar todo lo que teníamos, nos tiramos en la avenida a mirar, a esperar la señal. No decíamos nada porque no hacía falta, ya habíamos dicho todo y ese todo era siempre lo mismo. Teníamos que esperar para volver a nacer, a ser puros para volver a hablar y aprender a confeccionar las mismas palabras que ya conocíamos (el instante en el que entrábamos al lugar y disparábamos).
Y entonces: 'Ya empezó a llover', nos dijo. Entramos sonriendo, sabiendo que pronto nos íbamos a purgar. Alguien nos disparó antes, a todos, uno por uno. Yo fui el último en sufrir esa metamorfosis espontánea: nos tiraron con lo peor. Éramos cinco escritores, entrábamos a los bares a gritarle verdades a la gente que vive para esquivarlas, pero ese día no pudimos.
Ahora todos sabemos muy bien de dónde venimos. Trabajamos en ciudades diferentes, tipos de saco y corbata, con una linda familia, un lindo auto y vacaciones pagas.
Decía eso y sabíamos lo que teníamos que hacer. Cargar las armas. Entrar en el lugar. Disparar sin pensar (olvidarnos de todas las veces que habíamos disparado, actuábamos dejando la inocencia, como si nos corrompiéramos entre todos por primera vez). Correr. Esconderse. Volver a esperar la señal.
Éramos cinco en la banda, todos de lugares diferentes pero nunca supimos de dónde veníamos. A mí me tocaba pensar, idear estrategias. Los golpes eran semanales, no importaba cuánto sacábamos en cada oportunidad, nos excitaba la constancia, la bicicleta de saber que vivíamos para arruinar el momento de los demás.
La última vez me la acuerdo bien. Después de fumar todo lo que teníamos, nos tiramos en la avenida a mirar, a esperar la señal. No decíamos nada porque no hacía falta, ya habíamos dicho todo y ese todo era siempre lo mismo. Teníamos que esperar para volver a nacer, a ser puros para volver a hablar y aprender a confeccionar las mismas palabras que ya conocíamos (el instante en el que entrábamos al lugar y disparábamos).
Y entonces: 'Ya empezó a llover', nos dijo. Entramos sonriendo, sabiendo que pronto nos íbamos a purgar. Alguien nos disparó antes, a todos, uno por uno. Yo fui el último en sufrir esa metamorfosis espontánea: nos tiraron con lo peor. Éramos cinco escritores, entrábamos a los bares a gritarle verdades a la gente que vive para esquivarlas, pero ese día no pudimos.
Ahora todos sabemos muy bien de dónde venimos. Trabajamos en ciudades diferentes, tipos de saco y corbata, con una linda familia, un lindo auto y vacaciones pagas.
Se trataba de una traducción constante entre mis conceptos y los suyos, para encontrarnos en una mezcla más o menos auténtica (el grano de café que se disuelve con el agua, la búsqueda tácita y cotidiana, leerte entre líneas)
'¿De cuántos soles estábamos hablando?' Te pregunté
'De uno nuevo cada día'
'¿De cuántos soles estábamos hablando?' Te pregunté
'De uno nuevo cada día'
1
'Cuando el agua está mucho tiempo quieta se estanca, quiero decir que cuando uno no hace lo que le sale naturalmente, o sea, eeem, lo que a uno le gusta, lo que uno siente, ¿no? ¿Entendés? Bueno, cuando uno no se "deja ser", por decirlo de alguna manera, se pudre, se debilita, no tiene ganas de nada...y es por eso que creo que no tenemos que vernos más.'
'Lo natural para vos está tan lleno de mosquitos y de esa cosa verde inmunda que se le hace al agua cuando se estanca como vos decís...'
Se paró, se fue y después de caminar dos cuadras encontró al cloro de su vida que cruzaba la avenida.
'Lo natural para vos está tan lleno de mosquitos y de esa cosa verde inmunda que se le hace al agua cuando se estanca como vos decís...'
Se paró, se fue y después de caminar dos cuadras encontró al cloro de su vida que cruzaba la avenida.
ciclista
la ecuación del tramo de ruta por venir
si los chicos ya llegaron y hay que salir para algún lado
sin discusión alguna antes que nada
si uno sube el otro baja
si va para más irá para menos cuando uno en el montón
de pronto la brisa ya es ajeno y otro más enajenado
de la pedaleada general cuando
enojo en la cabeza va ganando terreno
al campo espacio a la ciudad
casi da igual estar o no estar
levantar la pierna y dejar la bici sola en la bajada
La mitad
de la noche es superior para andar dejando
de lado las promesas y propiciar enojo
cada uno un antojo en el montón
va ganado el ciclista a nuestro lado
va ganando porque sabe la ecuación y entonces
cuando conviene pedalea cuando conviene para
si los chicos ya llegaron y hay que salir para algún lado
sin discusión alguna antes que nada
si uno sube el otro baja
si va para más irá para menos cuando uno en el montón
de pronto la brisa ya es ajeno y otro más enajenado
de la pedaleada general cuando
enojo en la cabeza va ganando terreno
al campo espacio a la ciudad
casi da igual estar o no estar
levantar la pierna y dejar la bici sola en la bajada
La mitad
de la noche es superior para andar dejando
de lado las promesas y propiciar enojo
cada uno un antojo en el montón
va ganado el ciclista a nuestro lado
va ganando porque sabe la ecuación y entonces
cuando conviene pedalea cuando conviene para
Mariana Terrón
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