Un rato después de defender a muerte a Borges frente a Cortázar metamorfosea y chorrea barrio. Entra en los chinos y le tira al carnicero 'qué haces loco?'. El tabaco contrasta con la pipa de vidrio que compró porque 'es más infantil' y así es todo. El ruloso que no tiene dos medias iguales se le impone como autoridad a la misma perra que destruyó el sillón porque no le puso límites. Y qué límites pueden dibujarse si cuando el filósofo (que inventa el destino de las personas que bajan del colectivo) te mira y te atraviesa en dos segundos la conjunción de lo que se sabe, se quiere y necesita.
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Fotografía X
El terciopelo rojo se pliega en la butaca. Los movimientos son jerarcas inseguros: muslos que sofocan, uñas que se clavan, tendón que se tensa. Es Tristán e Isolda y en los palcos privilegiados -sostenidos por los gallineros de los pobres- el perfume es pesado y las risas un insulto. Capitel que oscurece, escenario que se enciende; instante de fuga para Amalia Echeverría y un sombrero se interpone cortando la figura. Respiración histérica. Acto II, catarro debajo de un bigote interrumpe. Amalia Echeverría siente sus cuidados elitistas resbalársele, siente las estructuras desmoronadas. Arrebato convulso: costura que se desgarra. Amalia Echeverría salta de la butaca rasguñándose la piel desnuda. Peinado se desarma, espectadores que se quejan, amigos preocupados. Y Amalia Echeverría: ¡Hijos de puta!, la libera. Opresión en el pecho, collar que se desarma, perlas caen en el gallinero.
Fotografía
Articulaba las palabras desesperado. ¿Para qué empezar si no se puede terminar? Mordía la punta de la birome, canalizaba la ansiedad que le causaba tratar de ponerle cauce al río que desborda. Ya estoy jodido.
No encontraba el adjetivo, la metáfora maestra. Necesito terminar, ni empecé. No llegaban. En un asiento vecino, enfrentado, un tipo lo empezaba a mirar. Carajo, me voy a volver loco. Abandonaba una tarea que creía obligación cuando el tipo le dijo en voz baja: 'No sirve. Escribir no sirve. El día que aprendas vas a entender que da lo mismo'. Esta vez sí, obligándolo. Ahora él también quiere gastarse las yemas de los dedos para entender que da lo mismo.
No encontraba el adjetivo, la metáfora maestra. Necesito terminar, ni empecé. No llegaban. En un asiento vecino, enfrentado, un tipo lo empezaba a mirar. Carajo, me voy a volver loco. Abandonaba una tarea que creía obligación cuando el tipo le dijo en voz baja: 'No sirve. Escribir no sirve. El día que aprendas vas a entender que da lo mismo'. Esta vez sí, obligándolo. Ahora él también quiere gastarse las yemas de los dedos para entender que da lo mismo.
Fotografía VII
Salvador Montealbán busca la perpetuidad en su obra. Contrasta los intentos, los examina con la soberbia que se permite tener cuando está solo, observa la pintura. Intentos fallidos, se descascara la exploración.
Y es que Salvador Montealbán se detuvo siempre en el lugar equivocado. Quizás porque encontrarlo, enfrentarlo, mirarlo a la cara significaría el final de su búsqueda: el mundo inerte, la figura definida de una vez por todas. No sabe que es probabilidad lo que respira, lo que nutre.
Salvador Montealbán decreta pincelazos con pasión automática sobre el lienzo. Siente en la yema de los dedos la pintura como un hilo de sangre. Su obra sangra: brota orgánico un torrente vivo que inunda la habitación. La obra rebalsa, la incógnita se ahoga. Salvador Montealbán se revela como su propio enemigo. Su cuerpo, escondite, nada hacia la puerta, agitado.
Y es que Salvador Montealbán se detuvo siempre en el lugar equivocado. Quizás porque encontrarlo, enfrentarlo, mirarlo a la cara significaría el final de su búsqueda: el mundo inerte, la figura definida de una vez por todas. No sabe que es probabilidad lo que respira, lo que nutre.
Salvador Montealbán decreta pincelazos con pasión automática sobre el lienzo. Siente en la yema de los dedos la pintura como un hilo de sangre. Su obra sangra: brota orgánico un torrente vivo que inunda la habitación. La obra rebalsa, la incógnita se ahoga. Salvador Montealbán se revela como su propio enemigo. Su cuerpo, escondite, nada hacia la puerta, agitado.
Fotografía VIII
La dueña del sol despierto es Catarina Da Seis. Se lo ganó casada con la miseria. El arroz de una semana, los condimentos de tres meses: feijoada todos los días. Catarina Da Seis recorre cada rua coleccionando esclavos del amor anónimo y el Pelourinho se le desdibuja entre la luna negrera, gastada de verla tantas noches. Ella, indigna de Amado y su cravo e canela, burguesa en su pobreza -poética para os boêmios desvelados. Catarina Da Seis recuerda : "Era sua livre hora de passeio, como gostava! De atravessar sob o sol, a marmita na mão. De andar entre as mesas, de ouvir as palavras..." y hace resonancia en su cuerpo ultrajado: "...de sentir os olhos carregados de intenções..." . Las miradas deseosas que la corrompieron de a poco le empapan la cara. Se desespera, se da asco. Amanece y Catarina Da Seis se deja ser pura hasta que venga la noche.
Fotografía IX
Anda ganoso de franela y pelea. Pero sin minas en el bulo, ni falopa, ni facón la noche se le pinta compadrita y fanfarrona. -¡Qué hablás barullero! Calla al pibe de la pieza de al lado y escucha la bandola tristona por la radio y la garúa que golpea en la chapa oxidada y los zapatos lustrados para el baile que nunca va a ser acercándose a la baranda. Bocanada de angustia, farolito que se apaga. El doque se le planta espejo y entoces se asoma de a poquito al abismo de caserones a la hora de la siesta, putas cansadas, berretines saltando la rayuela. Espera que alguien lo salve. Nada. Entonces muerde un pucho y el fósforo lo encandila sin quemar el tabaco. -'Ta Madre! Están húmedos...
Fotografía VI
Cuando la ciudad se le vuelve humo de colilla va soplando bajito y ese humo metarfosea en viento zonda, en humo de caldero conjurando, de cultura árida que camina brotando la llanura. Se le engauchesca la cara entrando a la oficina. Se le resigna la pena cuando se vive rioplatense.
Veinte minutos antes de la misa vespertina, Fausto Compostela acaricia con vista panorámica la catedral. Da media vuelta hacia el altar con la católica modestia de quien sabe que se abandona por algo mejor. Sus ojos terrenales se clavan en la imagen de la sagrada familia. José. Después el niño, siempre vivo, siempre muerto. María, virgen eterna. Cada nervio se embebe en fe hasta tensarse en un anuncio de la carne: Fausto Compostela, dueño de su placer, se pierde en la fricción divina. Y María, María siempre virgen. María pura, viva y carnal manipulando con gusto tácito el deseo de Fausto Compostela. Él lo sabe y ya alcanza el límite sucio y celeste del orgasmo. Le roba a María lo sagrado haciéndola mujer. Ocho minutos antes de la misa vespertina Fausto Compostela acomoda sus hábitos y se persigna con la católica perseverancia de quien cree que algún día estará exento de pecado.
Fotografía II (hombre nuevo sin paraguas)
Apenas llovía cuando se dio cuenta que su pasión por escribir residía solamente en la comodidad de sillón al sentir que, al menos una vez, seguía un patrón que ya habían seguido tantos otros. Entonces la ciudad se desnudó y se mostró como ciudad, el viaje en colectivo fue sólamente eso y él estaba empapado por agua que caía del cielo y nada más. Entre todas esas cosas no había más espacio para nuevas interpretaciones o giros metafóricos. El cambio de valores, de literario a literal, le parecía justo ahora que era un hombre que creía escribir y que cruzaba la calle sin paraguas, abajo de una lluvia más fuerte.
Fotografía I
Martinez se despierta y se ducha. Lee el diario, se indigna ochenta segundos y se hace el nudo de la corbata. Martinez baja las escaleras, aunque prefiere el ascensor. Abre la puerta, mira alrededor dos veces: en la esquina ve como se va el colectivo y lo pierde. Martinez da doce pasos para atrás, toma el ascensor, toca un timbre y se dispone a matar a su mujer.
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