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Perdí un gran poema.
Tenía la lava del verso rebalsándose en la boca y no lo escribí.
No lo hice porque estaba en el colectivo,
en la hilera de asientos del fondo
donde se teje una especie de red tácita
con olor a gel
y a sudor
y a fábrica
catálogo cosmético
tinta
monedas.
Sin embargo me invadió la paranoia cuando decidí
no escribir el verso:
no quería que el hombre de al lado lo leyera.


Perdí un gran poema
y toda la confianza de los pasajeros
de
la
hilera del fondo.

MF


A mí me parió un útero de hombre
en un parto fúnebre.
Me despabiló el golpe seco
que enseguida metamorfoseó
en nudo en la garganta.
Y después: 
la misma garganta roja y desgarrada 
de tanto gritar
la voz de
los callados. 

Cómo no ser hija tuya 
si lo atravesás todo
como te atravesaron a vos.
Uno el atravesarse más hermoso, 
el otro el más cagón, el más patrón. 
Ahora: tu sangre en la nuestra, 
tu sangre en sus manos,
avanza en la calle 
embistiendo 
y despertando. 

No estás en la memoria, 
estás en todas partes;
vos no desertás,
nosotros no abandonamos. 

Me pariste Mariano,
el día que tiraron.

Muerdo una manzana;
(Manzana simple, sin ningún tipo de
Simbología sobre dioses y hippies
desnudos fuma opio)

La muerdo y en ese instante
Del devorar desgarro
su tejido orgánico-frutal

Pienso:
Cómo me gustaría
Mandar la lectura romántica
Un par de veces al carajo y
Comer una manzana en paz.
Re-pienso:
Y que quiero despedazarte
Con esta ternura y estos
modos de costurera.
De a poco, lento,
Disgregando cada parte.
Volver a armarte a mi antojo,
Volver a quererte a mi antojo.

Mi percepción es un telón
Que me rodea
Quiero, desgarrarlo también,
Con los dientes
Y con cada crack desafiar
Al instante próximo.
Plantarme con sonrisa maleva,
Segura de que estoy quebrando
La esclavitud de la probabilidad,
De la incertidumbre estancada
Que se pudre en algún hueco
De mi paciencia. 
Y nacen pensamientos moluscos,
Como tontos o dormidos
O vivos y con suerte
Y día de sol y gloria y
De golpe un hedor
Nauseabundo:
Otra vez la incertidumbre
que se empantana en el pozo
entre la acción y la inacción. 



Confío en los días de catástrofe,
Donde el suelo se vuelve filo y
Hay que caminar muy derecho,
Con un paso sólido, ceméntico,
Rotundo;
Para no rebanarse de una resbalada
Los pies.

No hay oportunidad para bibicletear
Y, de todas maneras, no sé andar en bicicleta
Pero se manipular, y eso es una bicicleteada mental
Y perversa, rotundamente perversa.

Me levantan de a poco con sus modos de pala
Soy tierra mojada lista para ser tomada y lanzada
Un par de metros al cielo,
Un par de metros lejos.
Me dispongo repartida en granulitos
A lo que la inercia,
Las leyes de la física
Quieran.

Es entonces cuando veo,
Muy de lejos
(la imagen parece diluida),
Que atravesé el día catástrofe
Con las plantas de mis pies
 completamente sanas.


De golpe son canaletas mis extremidades
 y viaja algo así como un esperar.
Cada nervio es un interludio de,
 un descanso
para darle paso al preludio eterno de.
Sólo se esperar,
acomodarme en la silla y
mirar el tubo fluorescente.
Las revistas viejas,
el bidón de agua.
Soy un poco:
Una linda imagen para ver,
porque mi conflicto es tierno
y orgánico, pero muerde inmaduro.
 Un derrotero extensísimo y mediato,
plumas que se desprenden cruzando
Ayacucho. 

Somos una fuga de la sangre arsénica que dibuja los ríos, que son las veredas caminadas, de todos los barrios vampiros. De nuestros barrios que sólo se despiertan de noche.

teame/mo pero me vaciaste. Me viciaste, organizaste bailes forzados y…yo no bailo. Yo miro, distraigo a los que bailan.

Te juro sin cruzar los dedos que traté de asfaltar tus rutas encefálicas, para ahorrarte el bache en tu circuito mental que te conduce a ese estrellarte recurrente. Intenté cauterizar los pozos donde la brea erupcionaba enojada; pero mis métodos de peón cariño no alcanzan y me salpiqué con brea, con cal viva y muerta. Me comieron la piel, me bebieron la sangre.

Se que existe un antídoto: el anagrama de tu nombre escrito con huesos rotos. Son los huesos quebrados del cuerpo, apenas tibio, de las mañanas en colchones separados y sin besos, sin desayuno apurado.

Yo quería que te quisieras; que consideraras el canibalismo frente a tu reflejo en un espejo. Yo quería ser ese espejo, reciclar tu enojo y devolvértelo quieto, puro, como signo de algo vivo y no de brea seca. Todo eso porque teame/mo y me pusiste una corona de astillas de huesos rotos. La sangre me cae a chorros y te veo, a través de la catarata, como en hileras verticales, entrecortado, hasta distante.

Puedo entender que yo también fui brea; te broté de adentro, fui tu truco más lindo, tu signo más vivo, y me enfrié contra el piso del barrio vampiro que sólo se despierta de noche. 
La poesía debería resignificar las palabras

firmo algo que no existe hasta que lo firmo,
pongo el mundo entre comillas,
relativizo,
contemplo mil lecturas y elijo la mía;
corto con espadas dialécticas el ego ajeno
y el mío propio.

La poesía resignifica la decapitación. 

Fotografía

Marisol Estevez ama su trabajo. La eligieron hace un par de meses porque la foto en su Currículum Vitae era la más simpática. De hecho es encantadora; Marisol es un pedazo de algodón, una caja de crayones, unas botas para lluvia con colores chillones, una sonrisa con dientes burguesamente cuidados.
Los colores de la sala se iluminan cuando entra, es decir, ella los ve radiantes. Acelerada, parece; Enérgica, radioactiva, alunada, ¡una cosmovisión elevada! Hay nenes desparramados en la alfombra, Marisol Estevez se infla y suspira ante ese rompecabezas bobo que ella se encarga de armar e inventar, y limpiar su pañal y decirle que 'NO NO NO, eso no se toca', y arroparlo, y formarlo, educarlo. Marisol es una maestra que construye un vientre materno de cuatro parede.
Uno de los niños estornuda, se llena de mocos jóvenes la cara. Ay mi chiquito, vení que te limpio. Se apura con una agilidad y encanto que dejan a las hadas madrinas como viejas bastardas y borrachas. Todavía enérgica, le limpia la nariz en el baño. El nene contento, sale, entra a la sala. Ella se queda un momento adelante del espejo. Es linda, tiene cara de publicidad de obra social: el pelo sano, la piel suave, los ojos grandes. Los ojos demasido grandes. Se mira más de cerca... Oh por dios ¡ella también tiene la nariz manchada! Manchada de polvo blanco.

Toros

Tres hombres en una esquina
sostienen sus cascos
-de estética dramaturga-
minotáuricos.
Se ríen de la propia torpeza condicionada
por el peso de sus cabezas;
se balancean por ellas, pierden el equilibrio;
¡El mareo! Vomitan por ellas
bilis ácida en el cordón de la vereda.
Son tres toros bobos: estúpidos del cuello para abajo.
Los machos estrogenados son leudantes -al principio-
cuando otro miembro aparece en el grupo:
inflan el pecho como palomos malevos.
Pero en realidad, son macanudos.
De palomos tienen la plaza gris,
arquitectura que dibuja el acelere
de los hombres normales, mortales,
que,
a su manera,
son vacas criadas para darle
de
comer
a
otro
se celebran dionisíacas 

mutilando sus miembros
que caen enmierdándose de palomas
y ruidos de tren

Hay cosas todavía más ridículas que bailar el Meneaito en las fiestas de quince o ver Gran Hermano 2014
Por qué ese elitismo del ridículo, poetas elitistas? Es ridículo mostrar sus medallas y ver quién es más patético; es ridículo su haiku de sinónimos de pito. Ya nadie escribe sobre lo ridículo que es pintarse los labios de rojo o sentarse en una sala de espera; comprarse un pez naranja o pedir dos pesos con SUBE sin decir por favor.
Por qué limitarse al delivery, el café, los forros, la cocaína? Por qué reducir la inocencia a la elección del color del encendedor? Por qué!? Si hay tantas palabras y cosas y actos y cosas y todo. Por qué ese elitismo entre mil comillas independiente? Independiente de qué? De ustedes? Ustedes dependientes de su propio fetiche, de un muñequito hecho de azúcar o alpargata o patacones.
Es culpa de ustedes. Basta de buscar lo copado. ¡Lo copado no es copado! Ya la palabra es boba, es un tarjetero de San Bernardo, tiene anteojos de sol a la noche y peinado de lemon pie hecho con gel. Y, por supuesto, baila el Meneaito en las fiestas de quince.
puedo afirmar que
la vista cuadriculada que enmarca mi ventana quiebra la perspectiva en cientos de pedazos. Son partes de cielo o telón o artificio que enciende la luz de a poco.
Me ahoga un resfrío déspota que mi fiebre se encarga de desafiar, la guerra callada de gérmenes copulando por todo el cuerpo mío y mis extensiones que son las sábanas y los pañuelos de tela, gérmenes que son desalojados de sus hoteles.
Puedo asegurar que
veo patios vecinos y no estoy segura de por qué hay un pino y una palmera compartiendo el mismo jardín , cuándo la naturaleza se enquilombó de tal manera, no estoy segura.
Se que tengo la boca cortajeada, los labios como tierra seca; las palabras son cascotes viejos y el silencio césped de plaza municipal.
la pretérita proxémica entre su palabrería y sus actos era tan retórica que se me atragantaba la náusea en un lavarropas hepáticamente patético
Tipo de 40 aprox. leyendo sentado un comic de Batman con su hija pequeña en el otro asiento; una vieja parada. La lógica/ética de la jungla de un bondi no tiene respuestas. Pero un pibe sí y por eso se para y le dice al tipo que se deje de joder y que siente a la niña en sus piernas para que la vieja se pueda sentar.
O sea, a Batman le cabió y hay un nuevo superhombre en el 343.

**

cosmovisión mamarrachesca trazada
por un hilo
una lana
estampada contra un papel arrugado
obligada
sometida
torturada
y un día

una mano levanta uno de los extremos y
lo desdibuja

Otra de los Ocampo

Celina Ocampo interrumpe la escena maestra de Manuel Ocampo. Lo espía con muda inquietud desde el arco de la cocina: sentado en un piso histéricamente limpio - con baldosas de unos años 40, década respetada por el matrimonio-, calculadamente despeinado y con tres botones de la camisa del martes desabrochados. Ella se le acerca y le dice que por favor, que no entiende, que quiere saber, que quiere ayudarlo. El levanta la cabeza con un movimiento irritado, seco, letal; quiere gritarle, empujarla, escupirla. Y ¡ay por Dios! Manuel Ocampo se excita ante la idea de arrancarle la blusa y hacerle todo lo que mil santos nunca perdonarían. Mira el crucifijo, se tranquiliza, se compone. 'Querida, no es mi intención preocuparte, pero estoy trabajando en un proyecto sumamente delicado y fundamental para el bienestar de nuestra comunidad. ¿Te importaría dejarme trabajar solo?' Y Celina Ocampo, con prolijo escándalo, levanta la voz: '¡Basta de misterios, Manuel! La cocina está llena de frascos cerrados de mermelada, ¡quiero saber inmediatamente qué...cccCCCARAjo (Celina Ocampo se libera con las primeras sílabas, se censura en la última) está pasando en esta casa!'
Manuel Ocampo se siente humillado. Sin vergüenza de expresarlo, condensa su reacción en el gesto de levantar los hombros y mirar cualquier cosa que no sea la cara de su esposa. 'Es algo terrible querida...Por alguna diabólica razón cambiaron la dirección en la que las tapas de los frascos se abren'.

tregua

Se que te escondés
en mis lavadas de cara,
en el grito que implica salirme de la almohad,
el desayuno que rechazo
(todo ese circuito oficinesco de la mañana)
Me miras de reojo
cuando el día todavía es analfabeto.

Quizás querés corroer mi pertenencia,
los lugares donde piso baldosas
(a veces alfombras)
con pies de goma
medias
o
piel descalza,
queres tentarme, llevarme con
un gurú de neón para el otro lado.

Y cuando veo tu intento,
tu broma de mal gusto,
te encuentro pataleante
con tus maniobras de karateca triste
pedaleando con una nada que
consume tus tardes marketineras.
Quiero decir que te veo y
me sonrío,
me da ternura tu lucha afónica,
tus ideales desterrados por
un aparatito negro y frutal.

De última, podés fundar un Todo contra mí,
podés matarme con puñales invisibles,
conjurar los embrujos más huérfanos de toda nuestra historia,
quemarme los ojos con agua bendita.

O podés actualizar tu estado de Facebook y contarme
cuánto te importa el mundo
y cuánto te molesto yo.

Alets

Creo que te escuché aullar
tus denuncias sobre una montaña de basura,
en una noche blanca
ladrabas tus falsas miserias de
pato lastimero
con una luna cansada de ver
tu garganta roja de tanto gritar
cagadas sobre la gente
y el mundo
y la tele, los diarios,
 los vagabundos
y yo.

Un día tenía que escribir 
esta furia inmadura,
este círculo cerrado
que se abre cada tanto,
me pongo en forra y
una lava mental me
trastorna cada vértebra
y se descose mi cabeza
se tensan tus palabras bobas
en mi tímpano roto.

Quería que supieras que
tenías ojos muy lindos y
cuerpo de oso
lleno de felpa,
lleno de ácido.
Lleno de mierda.

E

-

Mirada luciérnaga activó tus sensores, 
                           despertó mi sentido                            
                          de brújula pertenencia.

 Un día el cielo espeso quiebra el espejo de los egos
y sucede que -carajo, sucede que- tus ojos,                                        
                                                         parecen un
                                                         eclipse roto.
Viento Zonda como un tajo en la cara y
despierta mi sentido nativo;
lloré cada ataque, madrepacha
me vacié de colonia cuando
el sol nuevo tejió el cielo tuyo.
Y entonces respiré Tilcara
y ahora te lloro, pero camino.

Cortazeada

No, no quise decir que escribo como Julito.

Esperaban ríos espontáneos y charlas más o menos fluídas, como si fuera posible que del rito periódico surgiera la respuesta nueva, la que vaciara la necesidad que aumentaba cada vez que coincidían. Una pregunta que se despertaba poco antes de quedarse dormidos y, entonces, hacían fuerza para mirarla de frente (estudiarla y definirse a partir del juicio); apretaban los dientes hasta que les dolía la cabeza. Eso y levantarse a lavarse un poco la cara, reconstruían el día a patadas. Y es que sólo a patadas funcionan siguiendo el esquema mientras la incógnita madre rebalsa desde otro lugar. Desde la almohada, el labio, el pelo, las peluzas abajo de la cama.